Smart Cities es el concepto que define la mejora de la eficiencia de las ciudades y de la calidad de los servicios que recibe el ciudadano –tanto públicos como privados- gracias a las redes de telecomunicaciones y los dispositivos de hardware conectados a esas redes.

Sin embargo, este término abarca una gran cantidad de aplicaciones que no son fácilmente asumibles y que esconden una complejidad enorme. Por ejemplo, ¿es una ciudad inteligente por contar con un sistema de luminarias conectadas a internet? ¿O lo es cuando los semáforos se adecúan al tráfico? Sucede lo mismo con la sustentabilidad de la ciudad: es sustentable una ciudad que cuenta con un sistema de bicicletas compartidas? Dependerá mucho del uso que se haga de ese sistema, de la repercusión que tenga en la disminución de gases de efecto invernadero producido por vehículos a motor, y de la eficacia y eficiencia del servicio.

Considero que hay grados en la inteligencia de las ciudades. El primero, es cuando la ciudad cuenta con un sistema aislado que funciona de forma automática, o al menos ofrece información para tomar decisiones concretas, que pueden ser ejecutadas por un elemento fuera del propio sistema. Por ejemplo, retomando el ejemplo anterior, un sistema de luminarias inteligentes que se encienden y apagan según la luminosidad ambiental, gracias a sensores instalados en ellas que detectan cuando hay luz natural y cuándo deben encenderse. O que detecten cuándo una de ellas está averiada y den un aviso al operador para su reemplazo. O que puedan apagarse y encenderse de forma remota a través de una aplicación de software. O que puedan detectar la presencia de personas y aumenten su intensidad al paso de estas.

El segundo es cuando existe más de un sistema y estos se encuentran funcionando de forma coordinada y armónica. Por ejemplo, un sistema de semáforos que cuando abran el verde para peatones iluminen con más intensidad el cruce. Estos sistemas cumplen una función inmediata pero no generan datos de valor para la gestión de la ciudad.

Tercero, cuando ya contamos con varios sistemas coordinados a través de una plataforma de gestión común, que pueda tomar decisiones, y prever acciones de diversas escalas, como por ejemplo la peatonalización en función de la presencia o la previsión de una afluencia masiva de personas por una manifestación, captada por sensores o un partido de fútbol. Aquí, la analítica de big data entra a formar parte de la operación de la ciudad, que se centraliza en plataformas de gestión y operación. En este caso, las funciones pueden ser descriptivas, de diagnosis, o predictivas. Aquí la ciudad entra en una forma de inteligencia que siente y responde ante estímulos. 

En un cuarto nivel, sumamos a ese sistema la información de otras fuentes que no tienen por qué ser sistemas de operación urbana sensorizados, sino datos estadísticos o de otra índole sobre la ciudad: zonificación urbana, catastro, estadísticas de uso de servicios, e incluso información de fuentes privadas –como datos de geolocalización de operadores, aplicaciones celulares, datos de compraventa de suelos facilitados por compañías de real estate, consumos de agua o energía facilitados por el gobierno o empresas concesionarias de servicios, etc. De esta forma se habilitan unas funciones que permitirían desarrollar nuevos servicios dirigidos tanto a ciudadanos, como a gobierno y empresas, optimizando el funcionamiento de la ciudad, mejorando la oferta al ciudadano y creando un ecosistema de datos para favorecer la aparición de nuevos negocios.  

Las ciudades inteligentes, en sus distintos grados,  no son un concepto abstracto y futurista que requiere enormes inversiones: entre estos cuatro niveles, existen diferentes variaciones en las que quizá el hardware y la sensorización no sean siempre la base de todo. Por ejemplo, la aparición de aplicaciones de predicción de tráfico, como Waze, no dependen de costosos sensores instalados en las calles, sino de la disponibilidad de datos GPS enviados por millones de dispositivos celulares de forma voluntaria.

Las principales aspectos a cubrir para que esto surja son:

  1. La presencia de una adecuada red de telecomunicaciones, fija y móvil. Con suficiente cobertura y ancho de banda para asumir las necesidades de un número dispositivos conectados que crece exponencialmente cada año.
  2. Una “cultura” de utilización de las redes, con ciudadanos conscientes y un gobierno a la altura, capaz de manejar estas herramientas y sacarle partido.
  3. Un buen nivel de emprendedores que garanticen una oferta creciente basada en las ventajas de contar con una buena red de telecomunicaciones.
  4. Ayuntamientos capaces y dispuestos, que conozcan bien sus necesidades e inviertan en la digitalización de procesos. Esta inversión no es tanto económica como de aprendizaje por parte de sus funcionarios, que deben adaptarse a estas nuevas tendencias de gestión urbana. En este sentido cabe destacar la necesidad de buscar los puntos de intersección de procesos y operaciones entre las distintas dependencias de gestión de la ciudad: seguridad, movilidad, medio ambiente, agua y energía, servicios sociales, obras públicas, protección civil, desarrollo urbano,…todas estas dependencias se relacionan entre sí y pueden mejorar notablemente su gestión con una adecuada transferencia de información y la unificación y normalización de procesos de gestión. 
  5. Una normalización de protocolos. En la Unión Europea, se está liderando los procesos de normalización del software de gestión urbana, de sus protocolos de intercambio y su compatibilización, para generar sistemas (HW y SW) compatibles y que abran el mercado a distintos proveedores para evitar monopolios en un sector tan sensible como el de la gestión de las ciudades.
  6. El establecimiento de reglas abiertas y transparentes para el uso de datos abiertos por parte de usuarios y entidades privadas.
  7. La apertura de canales entre departamentos de gobierno para compartir datos e información.
  8. La necesidad de establecer reglas y canales de participación e involucramiento por parte de los ciudadanos para incluirlos en los diseños de las iniciativas.
  9. La creación de dependencias específicas para dirigir la transformación digital de la ciudad, que coordine junto con las dependencias tradicionales de gobierno todo este proceso. Si no existe un liderazgo claro, estos procesos serán descoordinados e ineficientes.
  10. La adopción de una visión de escala, entendiendo que las ciudades en su conjunto no se pueden abordar con una estrategia única de transformación digital cuando esta involucra hardware. Es necesario identificar áreas de la ciudad y problemáticas concretas a solucionar, y a partir de ahí escalar en funciones y en el ámbito geográfico